La Sucesión Apostólica: Una verdad bíblica e histórica
La doctrina de la sucesión apostólica es una de las enseñanzas fundamentales de la Iglesia Católica, que afirma que los obispos son los legítimos sucesores de los apóstoles, que recibieron de Cristo la misión de predicar el evangelio, administrar los sacramentos y gobernar la Iglesia con autoridad. Esta doctrina tiene un sólido fundamento bíblico e histórico, que voy a exponer brevemente.
En primer lugar, la Biblia muestra que Cristo eligió a doce apóstoles, a los que dio una autoridad especial sobre los demás discípulos. Los apóstoles fueron testigos de la vida, muerte y resurrección de Cristo, y recibieron el mandato de hacer discípulos a todas las naciones, bautizándolos y enseñándoles a guardar todo lo que él les había mandado (Cf. Mt 28,18-20).
Los apóstoles también recibieron el poder de perdonar los pecados (Cf. Jn 20,21-23), de atar y desatar en el cielo y en la tierra (Cf. Mt 16,19; 18,18), de confirmar a los creyentes con el Espíritu Santo (Cf. Hch 8,14-17), de imponer las manos para transmitir los dones espirituales (Cf. Hch 6,6; 13,3; 1 Tim 4,14; 2 Tim 1,6) y de establecer las normas de fe y moral para la Iglesia (Cf. Hch 15,28; 16,4; 1 Cor 7,17; 11,23-26; 14,37; 2 Tes 2,15; 3,6).
En segundo lugar, la Biblia muestra que los apóstoles, conscientes de que no vivirían para siempre, designaron a otros hombres para que continuaran su ministerio, transmitiéndoles la misma autoridad que ellos habían recibido de Cristo. Esto se ve claramente en el caso de Matías, que fue elegido por los once apóstoles para ocupar el lugar de Judas Iscariote, y que fue contado entre los doce (Cf. Hch 1,15-26). También se ve en el caso de Pablo, que fue llamado por Cristo para ser apóstol de los gentiles, y que recibió la imposición de manos de los apóstoles en Jerusalén (Cf. Hch 9,15-16; 13,1-3; Gal 1,15-19; 2,7-9). Asimismo, se ve en el caso de Timoteo y Tito, que fueron ordenados por Pablo como obispos de Éfeso y Creta, respectivamente, y que recibieron de él la misión de enseñar la sana doctrina, de ordenar a otros presbíteros, de corregir a los herejes y de cuidar de la Iglesia de Dios (Cf. 1 Tim 1,3-7; 3,1-7; 4,11-16; 5,17-22; 6,20-21; 2 Tim 1,6-14; 2,1-2; 4,1-5; Tito 1,5-16; 2,1-15; 3,1-11).
En tercer lugar, la Biblia muestra que los sucesores de los apóstoles tenían la misma autoridad que ellos, y que debían ser obedecidos y respetados por los fieles. Así, Pablo llama a Timoteo y a Tito sus "verdaderos hijos en la fe" (Cf. 1 Tim 1,2; Tito 1,4), y les dice que nadie los menosprecie por su juventud, sino que sean ejemplo para los creyentes (Cf. 1 Tim 4,12; Tito 2,7-8). También les dice que tienen la potestad de reprender, exhortar y rechazar a los que contradicen la verdad (Cf. 1 Tim 5,20; 6,3-5; Tito 1,9-14; 2,15; 3,10-11). Además, Pablo recomienda a los cristianos que se sometan a los que presiden sobre ellos en el Señor, y que los tengan en mucha estima y amor por su obra (Cf. 1 Tes 5,12-13; Heb 13,17). Del mismo modo, Pedro exhorta a los presbíteros a que apacienten el rebaño de Dios que les ha sido encomendado, y a los fieles a que se sujeten a los ancianos (Cf. 1 Pe 5,1-5).
En cuarto lugar, la historia muestra que la Iglesia primitiva reconocía la sucesión apostólica como una garantía de la fidelidad al evangelio y de la comunión eclesial. Los padres de la Iglesia, que fueron los primeros escritores cristianos después de los apóstoles, dan testimonio de que los obispos eran considerados los legítimos sucesores de los apóstoles, y que se podía conocer la verdadera Iglesia por la sucesión ininterrumpida de los obispos desde los apóstoles. Así, por ejemplo, San Clemente de Roma, que fue el tercer sucesor del apóstol San Pedro en la sede de Roma, escribió una carta a los corintios en el año 97, en la que les recordaba que los apóstoles habían establecido a sus sucesores, y que debían obedecer a los que habían sido elegidos por ellos (Cf. 1 Clem 42-44). San Ireneo de Lyon, que fue discípulo de San Policarpo, que a su vez fue discípulo del apóstol San Juan, escribió una obra contra las herejías en el año 180, en la que defendía la autoridad de la Iglesia Católica, que se basaba en la sucesión apostólica, especialmente en la de Roma, que tenía la preeminencia sobre las demás (Cf. Adv. Haer. III,3,1-3). San Cipriano de Cartago, que fue obispo y mártir en el año 258, escribió varias cartas y tratados en los que afirmaba que la unidad de la Iglesia se fundaba en la unidad de los obispos, que tenían la misma dignidad y autoridad que los apóstoles, y que debían estar en comunión con el obispo de Roma, que era el sucesor del apóstol San Pedro y el principio visible de la Iglesia (Cf. Epist. 33,1; 55,8; 66,8; 67,5; De unit. eccl. 4-5).
Ahora respondamos a algunas de las típicas objeciones a esta doctrina:
-Dicen algunos: "Jesús y los apóstoles originales no enseñaron explícitamente la necesidad de la sucesión apostólica. La autoridad dada a los apóstoles fue dada directamente por Jesús, no por ningún linaje de discípulos o ministros". Pero esta objeción ignora el hecho de que la Biblia no es la única fuente de la revelación divina, sino que también existe la Tradición oral que los apóstoles transmitieron a sus sucesores. Además, la Biblia sí muestra implícitamente la sucesión apostólica, como ya hemos visto, al narrar cómo los apóstoles eligieron a Matías, cómo Cristo llamó a Pablo, y cómo Pablo ordenó a Timoteo y a Tito. Estos ejemplos demuestran que la autoridad apostólica no se extinguió con la muerte de los apóstoles originales, sino que se perpetuó mediante la ordenación de otros hombres que recibieron la misma misión y potestad.
-Dicen algunos: "La sucesión apostólica es un invento de la Iglesia Católica para justificar su poder y su jerarquía. Los primeros cristianos no tenían una estructura eclesiástica tan rígida y compleja, sino que se reunían en casas y se guiaban por el Espíritu Santo". Pero esta objeción desconoce la historia de la Iglesia primitiva, que desde el principio tuvo una organización jerárquica basada en la sucesión apostólica. Los padres de la Iglesia dan testimonio de que los obispos eran considerados los legítimos sucesores de los apóstoles, y que se podía conocer la verdadera Iglesia por la sucesión ininterrumpida de los obispos desde los apóstoles. La sucesión apostólica no es un invento de la Iglesia Católica, sino una realidad divina y humana, que manifiesta la voluntad de Cristo de que su Iglesia sea una, santa, católica y apostólica.
-Dicen algunos: "La sucesión apostólica se rompió con el cisma de Oriente, la reforma protestante, o los escándalos de algunos papas y obispos. No se puede confiar en una Iglesia que ha sido dividida, corrompida o infiel a la verdad". Pero esta objeción, además de caer en herejía al pretender que la Iglesia puede caer en el error o ser corrompida e infiel a la verdad, confunde la sucesión apostólica con la santidad personal de los sucesores de los apóstoles. La sucesión apostólica se refiere a la transmisión válida del sacramento del orden, que confiere la autoridad y la gracia para ejercer el ministerio apostólico. La santidad personal de los sucesores de los apóstoles depende de su libre cooperación con la gracia de Dios, y no afecta a la validez de su ordenación. Por lo tanto, la sucesión apostólica no se rompe por los pecados o errores de algunos papas y obispos, sino que se mantiene por la fidelidad de Cristo a su Iglesia. Tampoco se rompe por el cisma de Oriente, que fue una ruptura de la comunión, pero no de la sucesión. La Iglesia Católica reconoce la validez de la sucesión apostólica de las Iglesias ortodoxas, aunque lamenta la falta de unidad. En cambio, la reforma protestante sí supuso una ruptura de la sucesión apostólica, al rechazar el sacramento del orden y la autoridad de los obispos. Los protestantes no tienen una línea ininterrumpida de ordenación desde los apóstoles, y por lo tanto, carecen de la plenitud del ministerio apostólico, o lo que es lo mismo, no pueden llamarse "apostólicos" propiamente dicho.
¿Qué sería de la Iglesia si la sucesión apostólica no existiera?
Si la sucesión apostólica no existiera, la Iglesia perdería su conexión con Cristo y con los apóstoles, que son los fundamentos de su fe y de su vida. La Iglesia quedaría a merced de las opiniones humanas, de las modas del mundo, de las falsas doctrinas y de las divisiones internas. La Iglesia no tendría una autoridad legítima para enseñar, santificar y gobernar al pueblo de Dios. La Iglesia no tendría una garantía de conservar la verdad revelada y de transmitirla a las generaciones futuras. La Iglesia no tendría una fuente de unidad y de comunión entre sus miembros y con las demás Iglesias. La Iglesia no sería la Iglesia de Cristo, sino una mera asociación religiosa, sin identidad, sin misión y sin esperanza.
Esto es precisamente lo que ha ocurrido en el protestantismo, que rechazó la sucesión apostólica y rompió la comunión con la Iglesia Católica. El protestantismo en general no cree en la sucesión apostólica, en la que la Iglesia basa la autoridad e infalibilidad del Papa, ni reconoce en los apóstoles o en el apóstol San Pedro una mayor iluminación que la que el Espíritu Santo enviado por Dios da a cualquier hombre. El protestantismo se ha fragmentado en miles de denominaciones, cada una con su propia interpretación de la Biblia, sin una autoridad común que las guíe y las unifique. El protestantismo ha perdido la plenitud de los sacramentos, especialmente la Eucaristía, que es el signo y la fuente de la unidad de la Iglesia. El protestantismo ha abandonado la tradición apostólica, que es el tesoro de la fe y de la vida de la Iglesia desde los orígenes. El protestantismo ha renunciado a la misión de la Iglesia, que es la de ser sal de la tierra y luz del mundo, y se ha conformado con el individualismo, el relativismo y el secularismo. El protestantismo no es la Iglesia de Cristo, sino una deformación de la Iglesia, que necesita volver a la unidad y a la verdad que sólo se encuentran en la sucesión apostólica.
En conclusión, la doctrina de la sucesión apostólica es una verdad revelada por Cristo, confirmada por la Biblia y atestiguada por la historia. Los obispos son los legítimos sucesores de los apóstoles, que recibieron de Cristo la misión de predicar el evangelio, administrar los sacramentos y gobernar la Iglesia con autoridad. Esta doctrina garantiza la continuidad de la Iglesia fundada por Cristo, la fidelidad a la Tradición Apostólica y la comunión entre los cristianos. Las objeciones protestantes a esta doctrina se basan en una interpretación errónea de la Biblia, que ignora el contexto histórico y la Tradición de la Iglesia, y que conduce al subjetivismo, al relativismo, al cisma y la herejía. La sucesión apostólica no es un invento de la Iglesia Católica, sino una realidad divina y humana, que manifiesta la voluntad de Cristo de que su Iglesia sea por los siglos de los siglos una, santa, católica y apostólica.

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