Jesús y su Iglesia: ¿Una sola realidad?

 

Por: J. A. Tellessan.

Muchas veces he escuchado la oración «Creo en Jesucristo pero no en la Iglesia» (o afirmaciones que implícitamente expresan esto) y no puedo más que sentir alipori ante esta afirmación cargada de ignorancia. ¿Es acaso posible separar a Cristo de su Iglesia?

Hoy en día, con tantas «iglesias» cristianas que existen, es incluso lógico separar a Cristo de la Iglesia, puesto que si las más de 70.000 confesiones cristianas existentes no se ponen de acuerdo en sus creencias, es porque hay separación entre Cristo y las iglesias. Sin embargo, esto choca frontalmente con lo expresado en la Biblia. No está de más recordar que Cristo fundó solo una Iglesia.

«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mateo 16,18-19).

Jesús mismo dijo que él edificaría su Iglesia sobre la roca de Pedro (realidad consumada el día de Pentecostés) y que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella. Esto significa que Jesús fundó una sola Iglesia y que él la protege y la guía hasta el fin de los tiempos.

Que Jesús haya fundado una sola Iglesia es claro además en el siguiente pasaje:

«Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a la que han sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos» (Efesios 4,4-6).

Quienes leyendo esto no ven que Cristo fundó una sola Iglesia, es como si en realidad leyeran «miles de cuerpos y miles espíritus, como miles son las esperanzas a las que han sido llamados. Miles de Señores, miles de fes, miles de bautismos, miles de dioses y padres de cada uno, que están sobre cada uno, por cada uno y en cada uno», lo cual, so pena de declararse politeísta, es un absurdo. Si Dios es uno solo es lógico que solo tenga una Iglesia.

Ahora bien, una cosa es decir que Cristo fundó una sola Iglesia, pero de allí a decir que no hay separación entre ellos dista mucho, ¿o será que no?

Todo parte de una premisa fundamental: El Padre envió a Jesucristo y por este envío podemos ver que no hay separación entre ellos, pues son uno. Todo el que se llame cristiano cree esto sin lugar a dudas. Todo lo que el Padre es, en el Hijo se manifiesta. Pues bien, así como el Padre y Cristo son uno, del mismo modo Cristo y la Iglesia son uno. Todo lo que Cristo es, en su Iglesia se manifiesta.

Por eso podemos ver que Cristo les dice a sus apóstoles:

«"La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío". Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos"» (Juan 20,21-23).

Es en este envío que podemos notar que los apóstoles (y sus sucesores) reciben el poder divino de perdonar los pecados y ser los portavoces de Dios.

«Quien los escucha a ustedes, a mí me escucha; y quien los rechaza a ustedes, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lucas 10,16).

Vemos pues una sucesión: El Padre envía al Hijo; el Hijo envía a los Apóstoles; los Apóstoles envían a sus sucesores... Todo es una línea de sucesión ininterrumpida que une a la Iglesia al Padre a través de Cristo.

Por eso, cuando Saulo perseguía a la Iglesia y se ensañaba contra ella, Jesús mismo es quien se alude perseguido:

«Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente lo rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?". El respondió: "¿Quién eres, Señor?". Y él respondió: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues"» (Hechos 9,3-5).

Es pues indiscutible que Cristo y su Iglesia son una sola realidad. Por eso, quien se llame cristiano, debe necesariamente pertenecer a esta única Iglesia fundada por Jesucristo. Solo en ella hallamos la plenitud de la Gracia de Dios, pues ella es el cuerpo de Cristo, quien es la única fuente de la Gracia:

«El mismo dio a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo. Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error, antes bien, siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta Aquel que es la Cabeza, Cristo, de quien todo el Cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor» (Efesios 4,11-16).

Por eso es comprensible que Cristo y su Iglesia sean inseparables. El mismo Cristo prometió estar con ella todos los días hasta el fin del mundo, y la forma en la que eligió cumplir esta promesa es unido a ella y no separado.

«Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28,19-20).

Es tarea pues de todo creyente, unirse al único Cuerpo, la única Iglesia de Cristo, pues fuera de ella no hay salvación.

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